Como una ola

En el último derby provincial la afición de la Deportiva se superó a si misma y consiguió algo inaudito. No ya sólo por desplazarse en masa a León, donde se reunieron unos cuatro mil fieles, sino por superar en número a la afición local, en este caso la leonesa. Como los cánticos bercianos resonaron con tanta fuerza, a día de hoy todavía deben seguir retumbando los cimientos del estadio Antonio Amilivia, que por un día mostró una buena entrada gracias a la marea blanquiazul que se desplazó desde el otro lado del Manzanal y a la que también se unieron los cientos de personas que residen en la ciudad del Bernesga.

Hacia el este se encaminó por carretera la afición y en la Tribuna Este por un día se mezclaron armoniosamente los que otros domingos sientan sus posaderas en los Fondos, la Preferencia o la Tribuna de El Toralín. Costó entrar al campo porque la única puerta habilitada para dicho sector estuvo demasiado tiempo cerrada, aunque ni eso importó a los que se habían aclimatado a la ciudad por el Barrio Húmedo o por Burgo Nuevo, teñido de blanquiazul ya desde la mañana. León fue berciano por un día y la hazaña tardará tiempo en olvidarse, tanto por parte de los “colonizadores” como de los colonizados, algunos de los cuales aprendieron por fin que Ponferrada no es ningún pueblo perdido cuya voz no merece ser oída.

Hay veces en las que tan evidente resulta la vergüenza que sólo puede rumiarse calladamente. Los aficionados culturalistas miraban a Magín el del bombo casi con pena, pues justo en frente estaba toda una señora afición donde había más bombos, bufandas, y camisetas en apoyo de un equipo de las que nunca se vieron en el Amilivia. La Ponferradina está en alza y la Cultural se hunde una vez más. Fracaso tras fracaso cobra fuerza la idea de que ese coliseo sólo se hizo para ver languidecer a los leones y que el dinero que costó se habría invertido mejor repartiéndolo entre unas buenas instalaciones en Trobajo del Camino o en un cerco de lucha leonesa capaz de albergar competiciones internacionales.

Dicen que el presidente de la Cultural dejó escapar una lágrima cuando vio que la afición berciana intentó hacer la ola varias veces. ¿Puede haber en el mundo del fútbol mayor escarnio que una hinchada rival se atreva con semejante acción de júbilo amparada en su superior número? La Ponferradina dominó en el terreno de juego pero sobre todo en las gradas. Cuando metió el gol, el héroe Óscar De Paula tal vez pensó en dedicar el gol a todos los aficionados blanquiazules, aproximándose hacia cada uno de los lugares donde estaban ubicados, pero hubo de desistir en el esfuerzo pues habría tenido que recorrerse todo lo largo que es el campo.

Es posible que nunca antes se cantase en León el “A Ponferrada me voy”; tampoco que se hiciese con tanto sentimiento y propiedad. Después de disfrutar con el espectáculo deportivo, los bercianos recogimos los bártulos y la alegría y nos metimos en los coches y autobuses más contentos que el ocho de Rubén Vega. Sí que hubo ganadores de León: los hosteleros, las arcas maltrechas de la Leonesa y las de la Policía, pues alguno de sus efectivos descargó su impotencia poniendo multas a diestro y siniestro. El Amilivia fue por una vez El Toralín, los aficionados lo pasamos en grande y los jugadores se sintieron como en casa, pero acciones como la de esos celosos policías sirvieron para recordar que nuestra casa no era ésa sino Ponferrada y El Bierzo, allí donde un equipo nos hace soñar despiertos y nos arrastra como una ola.

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