Cuestión de Confianza

La Deportiva superó con éxito la batalla de Mérida pero tendrá que seguir luchando de lo lindo para pasar a la siguiente fase. Tuvo controlado el encuentro durante algunos tramos pero, visto desde la distancia, hasta pudiera parecer milagroso que el equipo se sobrepusiera a un gol encajado en el primer minuto de juego, a dos expulsiones que convirtieron los últimos diez minutos en un agónico asedio, y a una horrorosa actuación el árbitro principal.

El único gol emeritense se produjo cuando algunos de los mil quinientos bercianos que componían la expedición blanquiazul todavía no se habían sentado en sus asientos. La tensión era tal que unos cuantos ya ni se sentaron en todo el partido. Estaban de pie cuando Óscar de Paula se jugó el físico para aplacar la zozobra igualando el marcador y también, justo después de quitarse el chubasquero, cuando “Teo” resolvió “divinamente” un contraataque llevado con maestría. Es de agradecer que los chicos de Amaral tuvieran la deferencia de perforar la portería detrás de la cuál estábamos los incondicionales: así vimos los goles desde más cerca, a pesar de la “kilometrada” (que no se preocupen por nosotros en el partido de vuelta, que está “a la vuelta” de la esquina; pueden meter los goles en la portería que estimen conveniente, cuantos más mejor).
La segunda mitad estuvimos “a verlas venir”. Los ataques del conjunto extremeño se repetían con insistencia, pero unas veces Bornes, otras Cabrero y en cierta ocasión la cepa del poste conjuraron el peligro. Yo creo que todos soplamos para capear el temporal desde aquel Fondo Norte. El sufrimiento se hizo mayúsculo tras la expulsión de Marco Ortega. Fue cuando los mil quinientos nueve blanquiazules apretamos los dientes y el lugar donde la espalda pierde su casto nombre para preservar el 1-2 del marcador. Confiábamos en traernos un buen resultado pero costó el sudor que aflora cuando el fútbol se viste de gesta.

Al final se produjeron unos hechos lamentables de sobra conocidos. Tras la inesperada derrota unos cuantos chavalitos y chavalotes obsequiaron a la parroquia berciana con un recital de malos modos que enturbió el ambiente de tal forma que las fuerzas de seguridad estimaron conveniente demorar nuestra salida del estadio Romano José Fouto. Uno no se aclara. En la antigua Roma las puertas del templo del Dios Jano bifronte permanecían siempre abiertas en época de guerra, pero en el fútbol, o al menos cuando la afición deportivista se desplaza en masa, la norma es cerrarlas: ya pasó en León antes de entrar y volvió a suceder en Mérida antes de salir. Una pena, máxime cuando la única provocación verídica que se puede achacar a la marea blanquiazul que viajó a la maravillosa capital extremeña haya sido pedirle a la Virgen de la Encina que lloviese varias veces en un día para el que los partes meteorológicos anunciaban lluvias torrenciales.


Cualquier observador imparcial pensaría que, siendo el único equipo que ha conseguido ganar a domicilio en estas rondas de Ascenso a segunda, la Ponferradina tiene todo a su favor para clasificarse. Pero como el que escribe es totalmente parcial y desea vehementemente que los blanquiazules superen a su rival, por respeto a la suerte y quizá también por miedo, ha decidido mortificarse concentrando su atención en las opciones con que cuenta el Mérida. Y éstas existen, para desgracia nuestra y toque de advertencia a nuestros jugadores. Los emeritenses han cosechado buenos resultados fuera de su estadio y en más de una ocasión lo han conseguido remontando marcadores adversos, sin ir más lejos en el partido que cerró su campeonato en Baza; tienen en la zona de ataque efectivos muy valiosos y saldrán dispuestos a darlo todo desde el primer minuto.
La confianza es justo lo último que se pierde antes que la esperanza. Ellos confían en remontar. Nosotros confiamos en hacer valer el resultado de la ida. Y el colegiado madrileño del primer partido confiaba en que acabaría, él también, ascendiendo de categoría y, quizá porque había algún ojeador del Colegio de Arbitros, decidió demostrar que estaba perfectamente capacitado para pitar en Segunda División, de tal manera que hizo lo que otros hicieron el año pasado: perjudicar a la Ponferradina.

Por algo se dice con cierta ligereza que “donde hay confianza da asco”. Confiamos en las posibilidades de la Deportiva pero no estamos en modo alguno confiados. Es una precisión semántica importante. Si te confías bajas los brazos y no te puedes defender bien de la estocada; confiado, te relajas y, sin saberlo, ayudas al rival a que te elimine (y si estas rondas se han dado en llamar “eliminatorias” por algo será). Por ello para este evento del día 1 de junio de 2008 las confianzas que el once de Amaral y los miles de hinchas podamos llevar al Toralín habrán de ser las justas. Confiamos en ellos porque tienen calidad y contarán con todo nuestro apoyo, pero en un partido cualquier cosa puede pasar, con escaso margen de reacción, y el Mérida, cuyos futbolistas no vendrán de turismo al Bierzo, nos puede amargar la tarde…si nos confiamos.

Un amigo me contó que por boca de un conocido a quien se lo había dicho un pariente lejano, había tenido conocimiento de un vaticinio efectuado por una pitonisa deportiva llamada la “Bruja Bola”. El augurio venía a decir que este año ascendería de categoría sin duda ninguna un equipo, sólo uno, de una localidad de la Vía de la Plata. No soy supersticioso porque da mala suerte, pero lógicamente estuve a punto de sufrir un espasmo al enterarme de que nuestro rival eran los de la antigua e ilustre Emerita Augusta. Pero revisando datos en Internet descubrí algo que me devolvió súbitamente la alegría: había subido a Tercera División el Atlético Astorga, equipo, como se sabe, de otra población de la emblemática ruta. Nunca me alegré tanto por nuestros vecinos maragatos.

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