De como me hice blanquiazul

De cómo me hice blanquiazul Soy nueva. Nunca lo he ocultado. Nací mujer, y en los años de la Era de Acuario las niñas no íbamos al fútbol. Tampoco en los años finales de la dictadura, aunque jugara tu padre de portero en el equipo de tu ciudad. Una vez mi madre me llevó a un entrenamiento de mi padre en Santa Marta, lo que hoy son los Marpa, y eso fue todo, corría el año setenta y dos, me parece, el cuerpo de Jim Morrison aún no estaba frío. Bartolán hijoNo se estilaba si eras niña, por eso nadie me enganchó a esto… nadie, hasta que Alguien lo hizo y de qué manera, como luego contaré. Y aún así, recuerdo que de cría jugábamos con el balón en el pasillo de casa, por entonces salían las preferencias de cada una, y así yo era Iríbar, y mi hermana Amancio mientras mi padre veía el partido de los domingos a las seis en el salón de casa. Así que, algo indefinido había, aunque el fútbol era “cosa de hombres”.

Cuando hace veintitantos años empecé a salir con mi chico, cuando se salía de casa temprano, y quedábamos en La Golosa a las siete, la primera pregunta que le hice fue “Oye… ¿a ti te gusta el fútbol?” Para mi sorpresa, y agradable por entonces, fue “No especialmente”. Me pareció un chico diferente y eso me atrajo de él hasta hoy. Nuestro devenir juntos nos ha llevado a seguir a la selección española, algún partido clave de liga de primera, eurocopas, mundiales, y poco más, mostrando cierta preferencia por los equipos cuyo uniforme lucen orgullosos, rayas, del color que sean, por entonces nos daba igual.

Los años pasaron, y, aunque siempre de alguna manera indirecta seguíamos la trayectoria del equipo de nuestro pueblo, la Ponfe decíamos, hubo un día glorioso en que en Ponferrada había un aroma especial a fútbol por los cuatro costados, por las calles, por los bares, todo olía a fútbol, cualquier esquina destilaba dos colores, el blanco y el azul, porque aquel día la Ponfe jugaba el partido de vuelta de play off a 2ª división en Alicante. Resultó que el club tuvo el detalle de dar el partido en el pabellón de El Toralín en una pantalla gigante. No sé por qué, pero aquella tarde nos acercamos hasta allí. Tengo que confesar, que en cuanto el partido empezó, noté en mi interior algo que nunca antes había sentido, me temblaban las piernas, estaba nerviosísima, y fui a por pipas, porque las diez uñas se me acabaron en seguida, y no era plan intentarlo con las de los pies, espectáculos dantescos, los justos. Vimos el partido allí de pie, mezclados con un montón de gente que estaba igual de nerviosa que nosotros, sabíamos cómo habíamos quedado en el partido de ida, y la cosa no parecía sencilla. Cuando ya acabando el partido, Fran mete ese golazo, recuerdo que mi chico y yo nos dimos el primer beso como blanquiazules, nos abrazamos a todos los que nos rodeaban, y cuando salimos de allí, aún flipando, y vimos la que se lió en Lazúrtegui, comprendimos que habíamos presenciado algo muy grande, y nos miramos embobados sin creer lo que habíamos visto y lo que estábamos viviendo. Fue ahí cuando algo irrefrenable nació en nuestro interior que nos convirtió sin opción alguna en los blanquiazules que hoy somos, apasionados, libres, ilusionados y sobre todo agradecidos por la forma en que el equipo nos enganchó. Con una victoria. Con un ascenso nada menos, madre mía. Porque lo que este equipo consiguió con nosotros, es algo difícil de entender para personas que nos conocieron antes de ese día, y a día de hoy alucinan con esta pasión nuestra.

Por supuesto, el siguiente paso era ir al campo los domingos, y, aunque aún no nos hicimos socios, fuimos a un montón de partidos en la temporada gloriosa y añorada de 2ª. Lo primero que me llamó la atención fue que la gente en el campo no decía “Ponferradina”, sino “Deportiva”. Además, nuestro primer partido fue genial, le ganamos al hoy Numancia de 1º, 2-0, nos divertimos mucho, jugaron muy bien, salimos encantados y cada vez más perplejos de nosotros mismos por haber descubierto, pasada la cuarentena de edad un mundo nuevo y maravilloso. Nos compramos la bufanda para ir a ver nuestro primer partido de la Deportiva fuera de casa, en Mendizorroza, en Vitoria-Gasteiz, en un día estupendo en que vimos a nuestro equipo ganar fuera, y además, haciendo amigos y casi hermanos a los aficionados del Alavés. Les decíamos “aquí hoy, todos somos blanquiazules”. Nunca olvidaré aquel “A Ponferrada me voy”, cayéndoseme las lágrimas de emoción al finalizar el encuentro, y los aficionados del Alavés aplaudiéndonos, pidiéndonos la vuelta inmediata a la categoría, mientras enarbolábamos aquellos papeles que rezaban “Piterman kanpora”.

El año siguiente nos hicimos socios, y gozamos de un año maravilloso en cuanto a resultados y juego, con la llegada del crack De Paula, que nos llevó a soñar con nuestra vuelta inmediata a la categoría de plata. No ocurrió, pero hubo opciones hasta el último segundo de partido. Eso engancha aún más, vaya que sí. Es el premio al esfuerzo, y el número creciente este año de socios lo demuestra. Ese año salimos varias veces a ver a la Deportiva fuera de casa, play off incluido, y tuvimos la oportunidad de conocer gente maravillosa, nos compramos las camisetas, hoy firmadas por toda la plantilla, entré en este foro, y aún conocimos más y más gente de una calidad humana extraordinaria ¡pero mira que hay gente extraordinaria en este pueblo mío, narices! La afición es un fiel reflejo de la buena gente de esta tierra, de la que me siento cada vez más orgullosa.

Todo ha sido de tal manera, que nos encanta escuchar a gente que lleva cuarenta años siguiendo al equipo, te cuentan lo mal que estaba todo, lo que se sufría, aquellos años en que se soñaba con subir a 3ª división, el cambio que supuso la inauguración de Fuentesnuevas, mil cosas. A veces me siento estafada por el tiempo y por haber nacido mujer, porque me perdí todas aquellas cosas. Me molesta que a los nuevos haya gente que nos desprecie, porque, amigos, los que somos nuevos, al decir de un aficionado que todos conocemos aquí muy bien y que lleva tropecientos años siguiendo a la Deportiva, somos más apasionados, el tiempo nos hará más racionales cuando se trata de nuestro equipo, pero… nosotros estamos en esa fase de enamoramiento, como cuando una pareja se conoce y empieza todo… nuestro amor por los colores es puro y desinteresado, una auténtica locura que apunta en una sola dirección: la victoria de nuestro equipo allí donde juegue. Ojalá pueda desmentir al amigo “veterano” en estas lides y decirle que esa pasión, ya con los años, sigue intacta. Al día de hoy nos hablamos con muchos de los jugadores, y tenemos ya un archivo majo de fotos y experiencias con ellos que como blanquiazules engrandece el mito por ser tan accesibles, siempre se han portado con nosotros de forma exquisita, son pequeños detalles que se van quedando en el corazón y acumulan, así, más cariño si cabe a la institución y a todo lo que representa para los aficionados, para la gente sencilla que vamos al Toralín cada domingo para intentar ver a nuestro equipo en lo más alto. Nuestra ilusión permanece intacta, porque hay listones altos que superar, retos tal vez difíciles, pero no imposibles, aún así tenemos todo el derecho del mundo a soñar, y ahí estaremos siempre para ayudarles a conseguirlo, ellos lo saben.

No sé si todos los demás equipos de fútbol tienen la misma capacidad, pero a nosotros la Deportiva nos fagocitó irremisiblemente en un solo partido. Nosotros sólo somos de la Deportiva, ningún otro equipo nos produce estas sensaciones domingo tras domingo, y los veranos ahora se nos antojan vacíos y sosos. La Deportiva es nuestro opio. Dedicado a todos los blanquiazules de corazón que hemos conocido durante estos años maravillosos. A todos, gracias. La historia continúa…

Amarna es escritora y colaboradora habitual del Foro de la Federación de Peñas

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