De Paula y el gol, una historia de amor

El brasileño Jorge Amado escribió hace unos veinticinco años un relato infantil titulado “A bola e o goleiro”. El argumento, irreal y sencillo, era que una pelota dotada de vida propia mostraba tanto empeño y ambición en conseguir hacer gol que facilitaba la tarea a los delanteros de todos los equipos para desgracia de los porteros, que padecían su furia sin remedio. Todo hasta que un día la pelota, llamada “Fura-redes”, se enamoró del peor portero del campeonato y, cayendo siempre en sus guantes, hizo que se convirtiera en el mejor guardameta de todos. Cualquier crítico avezado no dejará de apreciar la ficción profundamente cursi del argumento, máxime cuando se sabe que en fútbol las relaciones amorosas suelen establecerse no entre los porteros y los balones sino entre éstos y los delanteros, idilio que alumbra goles y que hace a los segundos pichichis, protagonistas de rachas anotadoras sensacionales, o autores de “Hat-tricks” en los que la bola acaba yéndose a la casa del delantero.

Los delanteros aman a los balones bien esféricos y neumáticos. El amor entre los balones y los goleadores hace que se mueva el mundo del fútbol. No importa qué marca envuelva sus costuras ni cuál sea su color; el balón, la bola, la pelota, el cuero o el esférico se exhiben por el campo hasta que dan con un delantero de su agrado y le obsequian con las mieles del gol y su éxtasis. Puede que sea algo químico. En cualquier caso es algo totalmente independiente de cuestiones físicas. Romario, Vieri, Zamorano, el “chingurri” Valverde y todos los que se nos ocurran vivieron tórridos romances con la pelota y con el gol. ¿Qué tendrán algunos arietes para engatusar a los balones de manera que caigan en sus redes preferidas? Goles son amores que están al alcance de unos pocos, como por ejemplo el deportivista Óscar De Paula, que tras una larga ausencia ha regresado en pos de su amado balón con el que procurará anotar todos los goles que su desgraciada lesión le ha impedido materializar.

De Paula nació en el Duranguesado pero por sus venas corre la sangre de los conquistadores extremeños. De la misma manera que un puñado reducido de extremeños conquistó un imperio en América para la Corona de Castilla, De Paula ha sabido aprovechar al máximo los minutos que ha estado sobre el terreno de juego. El suyo es un raro ejemplo de eficiencia, ajustando los medios (tiempos) a los fines. Jugó 11 temporadas ininterrumpidamente en Primera División con la Real Sociedad, disputando más de 300 partidos y anotando unos 60 goles. Teóricamente hizo en este tiempo un gol cada 5 partidos, aunque la estadística más justa debería tener en cuenta los minutos jugados por el delantero, que si por algo se caracterizó fue por hacer buenas las segundas partes anotando goles vitales in extremis para su equipo después de sustituir a algún compañero negado cara a portería. Así por ejemplo en la temporada 2000/2001, en la que el vasco anotó 9 goles y participó en 32 partidos, su rendimiento fue sensacional pues al jugar 1.635 minutos hizo un gol cada 180 minutos que jugó, ratio que aumentó la temporada siguiente, en la que jugando 500 minutos menos todavía pudo marcar 7 goles –uno cada 160 minutos-; y en la última campaña que actuó en Anoeta, la  2005/2006, el delantero solo anotó 3 goles, aunque únicamente disputó 280 minutos, de manera que hizo un gol prácticamente cada 90 minutos, esto es, lo que dura la vida de un partido de fútbol.

De Paula es un delantero con una eficacia difícilmente igualable que ya le ha convertido en uno de los máximos goleadores de la Deportiva en toda su historia en la 2ª B, con 30 goles marcados en dos temporadas disputadas. También aquí ha sido capaz de hacer un gol cada 188 minutos, de manera que las estadísticas muestran que si está dos partidos seguidos en el campo es muy probable que haga gol, y cuando decimos “probable” no tenemos en cuenta la apreciación subjetiva de que es muy bueno, sino unos números objetivos que hablan por sí solos. La primera temporada en El Bierzo marcó el 25 % de los goles del equipo (13 de 52), mientras que la segunda optimizó su rendimiento haciendo el 32 % (17 de 54). Su retorno es una noticia muy buena que invita al optimismo respecto a las posibilidades de los de Granero. La gente que se extraña de todos los goles que ha fallado la Deportiva en lo que va de temporada no tiene en cuenta un factor determinante: De Paula no estaba en el campo. No en vano el primer balón que tocó el día de su debut en la presente temporada 2009/2010 a punto estuvo de traducirse en un gol salvador para los blanquiazules.

Es difícil saber lo que piensa cualquier persona, pero no cabe duda que por la cabeza de Óscar de Paula pasan las opciones de ascenso de la Deportiva. Después de haber estado toda una vida en Primera jugó en 2ª una temporada con el Cádiz y bajó otro peldaño hasta llegar a Ponferrada con el ánimo de que el equipo berciano volviese a subir a la división de plata. Este objetivo pretendió alcanzarlo a base de goles y más goles. Unos con el pie derecho, otros con el pie izquierdo; unos a balón parado, otros tras jugadas combinatorias; unos en la primera parte, otros en el descuento; unos hermosos y todos horribles para los porteros. De Paula lleva tirándoles elegantemente los tejos a los balones con los que hace los goles desde que comenzó su carrera.

No hace falta repasar todos los goles que ha metido De Paula con la “Ponfe” para descubrir que buena parte de ellos los ha hecho con la cabeza. Pensando primero en qué posición ubicarse para mejor contactar con el balón y rematando después con una maestría depurada. Cuando el cuero surca el aire rumbo al área el público debería fijarse en las maniobras que realiza el goleador. Es un auténtico cortejo rítmico similar a un baile de salón, una especie de danza para engatusar a la pelota que se aproxima, una invitación a la sintonía y al contacto entre el esférico y el rematador. Hay delanteros centros que tienen un feroz instinto asesino. Si el reglamento lo permitiera morderían la pelota y pegarían un puñetazo a los cancerberos para conseguir su presa, o sea, el gol. De Paula no. Su estilo es muy otro. Él seduce el balón antes de dirigirlo hacia las mallas, casi como acariciándolo en dirección a la portería. Por lo general los balones se dejan arrullar, aunque algunos son más reacios que otros.    

La eficiencia de De Paula también se sustenta en la enorme capacidad que tiene para sostenerse en el aire. Él, que es muy comedido y siempre ha hecho gala de tener los pies en el suelo, parece tener un don para permanecer suspendido durante más tiempo que el resto de jugadores de 2ª B. No hay que ver en esta cualidad una vulneración de la más básica ley de la gravedad, sino una consecuencia manifiesta de la “Ley Bosman”. Ésta amplió el ramillete de magníficos futbolistas que en otro tiempo hubiesen formado parte de las plantillas de Primera hasta colgar las botas, pero que con la llegada de futbolistas comunitarios tuvieron que cambiar de categoría porque se hizo más difícil para ellos hacerse con un hueco en la liga más importante. Por otra parte, siguiendo este razonamiento, es normal que un delantero que tanto tiempo estuvo en lo más alto –y de Paula ha marcado goles hasta en la Champions League– sobresalga por encima de los demás y tenga más capacidad para manejarse en las alturas a las mil maravillas. A sus 34 años, además, De Paula ya no se dejará deslumbrar por ningún foco ni por ningún defensa.

Vuelve De Paula y con él volverán a caer los goles a favor de la Deportiva Ponferradina. Los impacientes, que también los hay en El Toralín como en el resto de estadios de España, deberían contenerse porque es bien sabido que ninguna conquista amorosa fue fácil -tampoco en el fútbol- y deberían evitar terminantemente emitir cualquier silbido dirigido hacia el delantero, no vaya a ser que la pelota se cele por no ser el centro de atención y rehúya entregarse mansamente a este veterano amante del gol.

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