El volcán blanquiazul colapsa Europa

Minuto tras minuto avanza el reloj que nos conduce al calor del verano aunque parezca que no pasen las horas hasta que comience el partido del domingo 23 de mayo de 2010. Ese día la Deportiva Ponferradina quiere celebrar su segunda comunión con la afición blanquiazul regalándole un ascenso por el que lleva suspirando toda la temporada. Todo puede suceder en los 90 tórridos minutos de un partido de fútbol y los cuatribarrados del Sant Andreu han demostrado poseer sobrada calidad para disolver nuestras esperanzas envolviéndolas en la sangre y el fuego de sus colores. Pero el resultado del partido disputado en Barcelona sirvió para comprobar que la afición blanquiazul es una de las mejores de España en relación al coeficiente “pasión sin límites por su equipo/número de habitantes de la tierra que representa” y también que la Deportiva Ponferradina de José Carlos Granero es un equipo solvente que se adapta bien a todas las superficies.

Este factor ha de tenerse en cuenta dado que el marco en el que se va a disputar el siguiente encuentro no será el habitual en el que 22 gladiadores compiten por la pelota durante un partido de fútbol. Nunca tanta pasión futbolística estremeció como esta semana los cimientos de una ciudad que parece vivir por y para su Deportiva. Nunca antes los socios retiraron antes sus entradas. Nunca antes se convocaron tantas confraternizaciones antes de un evento semejante. Nunca tantas banderas desafiaron el viento en los balcones. Nunca la Ponferradina estuvo tan en boca de todos, casi monopolizando las conversaciones. Y nunca antes existió tanta certeza respecto a que en la fecha señalada el ilustre estadio ponferradino, The Toralín, alias “pequeña Bombonera” o “Pequeño Anfield”, se convertirá en un volcán para llevar en volandas a los suyos. Si la UE Sant Andreu contaba a su favor con el césped artificial los nuestros van a tener el calor de una artificial hoguera prendida en su apoyo.

Carlos Rodríguez, primer ideólogo de la Federación de Peñas, dijo una vez que “los domingos en el Toralín son una fiesta”. La fiesta del domingo será de las que hacen época. La gente irá antes al campo ataviada como nunca con distintivos blanquiazules dispuesta a dejarse la piel, el alma y la garganta para infundir el aliento que pueda faltarle a sus bravos jugadores. El Toralín latirá en cada córner y vibrará en cada falta. De los asientos del estadio irradiará semejante número de grados centígrados que muchos no podrán ni sentarse y quizá se derritan las barras de las camisetas de nuestros rivales. A los cuáles, dicho sea de paso, les deseamos lo mejor…pero a partir del lunes próximo. Por una vez el 0-0 no sería mal resultado pero si Óscar De Paula acude puntual a su cita con el gol (recuerden, uno cada dos partidos) u otro compañero hace diana, El Toralín explotará con más fuerza que el volcán islandés de nombre impronunciable cuya nube de cenizas cerró los aeropuertos de media Europa. Llegado el caso, del espacio rectangular del Toralín brotará espontáneamente una columna de energía blanquiazul y resplandeciente para fundirse con el azul y blanco del cielo.

Sumando el calor corporal de cada aficionado se generará una fuerza poderosa e irresistible como el magma que engulle las piedras más resistentes. Al estadio no le falta combustible por haber sido levantado sobre los restos de una antigua montaña de carbón, pero cuando se haya transformado en un coloso ocho mil (de ellos casi 6.000 socios) las consecuencias de que entre en erupción podrían ser más perdurables que las del volcán islandés: los efectos del volcán de la “isla” de El Bierzo no se notarán unas semanas, sino una temporada más larga de concretamente 42 partidos de liga. Como un vórtice de pasiones cálidas, intensas y puras el domingo se formará un cráter de sentimiento natural hacia el equipo que nos representa. El Toralín arde en deseos de que comience ya ese partido soñado. Ponferrada quiere ser como Pompeya, pero en vez de bañarse en lava hacerlo en el agua de todas las fuentes de la ciudad. También valdría el cava, pero si tuviéramos la fortuna de ascender ése se lo dejaríamos a nuestros amigos del Sant Andreu para cuando ellos también lo consigan, porque se lo merecen tanto como nosotros.

Son increíbles los estados de ánimo que puede deparar el fútbol para nosotros, los aficionados. Emociona también hasta qué punto el equipo representa nuestra amada tierra. Si el fútbol “es un estado de ánimo” ya sabemos en qué se parece este deporte a El Bierzo (también “un estado de ánimo” según el escritor Raúl Guerra Garrido). Por eso con nuestros ánimos vamos a crear la temperatura ambiente necesaria para que el volcán blanquiazul del Toralín libere los efluvios necesarios para que la Deportiva vuele hacia la 2ª División. ¡Viva el fútbol y Aúpa Deportiva!

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