Una pequeña odisea blanquiazul

    Cerré la puerta de casa. Antes de bajar por las escaleras me aseguré de que todo lo que necesitaba iba conmigo, a saber, la camiseta, la bufanda, la cartera con el carnet, el dinero, una tarjeta de débito por si me quedaba corta de efectivo durante el viaje, unos pañuelos en el bolsillo que salvaban mis conatos de sinusitis, el teléfono móvil, una mochila con algo de ropa y poco más. Bajé resueltamente hacia el portal, lamentándome porque no podía disponer de mi coche para el desplazamiento: en el taller no pudieron hacer milagros y allí languidecía mi auto, mientras a mí sólo me quedaba la opción de tomar el autobús de la Federación de Peñas. “Y menos mal que hoy sí salen varios autobuses, si no voy a ver este partido, sencillamente me da algo”.

    Hacía pocos días que me había llevado la enésima alegría de la temporada, la Deportiva se había clasificado como primera de grupo, y este partido era el de vuelta del play off. En el primer partido entre campeones de grupo, mi queridísimo equipo había vencido 1-0, por lo que, aunque todo parecía ir bien, el partido de vuelta estaba bastante abierto y el equipo necesitaba todo el apoyo posible. La pega es que había que tomar un avión, y aún así, se habían vendido dos mil entradas anticipadas para este partido en Ponferrada, dos mil almas blanquiazules rumbo a Barajas con destino Melilla ¡me sentía tan orgullosa de esta afición!

   Eché a andar rumbo al Toralín, lugar de donde los autobuses partirían. Anduve y anduve, pero la distancia me parecía eterna desde casa –vivía en la Puebla-. La hora se me echaba encima, pero mis pies no podían apurar más. Me encantaban las épocas de play off, en que los balcones lucían orgullosos miles de banderas blanquiazules, y en esos momentos esas banderas me hacían pasillo hacia el lugar en que el viaje comenzaría. Sonreía al comprobar como una vez más, la ciudad de Ponferrada había respondido al llamamiento de apoyo al club. Daba gusto ver aquí y allá la enseña deportivista.

    Por fin, llegué a los aledaños del Toralín, pero ¡ay! algo no andaba bien… allí no había nadie. Ni gente ataviada con los colores del equipo, ni los quince autobuses que iban a salir. Nadie. Juraría que no había llegado tarde, pero lo cierto era que las afueras del estadio estaban sumidas en una profunda soledad.

     Un nudo se me puso en la garganta. ¿Qué haría? ¿SE HAN IDO SIN MÍ? Me senté en el bordillo de la acera, con la cara entre las manos, la bufanda anudada a mi muñeca izquierda limpiando el suelo, sin saber qué decir o pensar. Se habían ido, y yo me había quedado en tierra.

     Me levanté al cabo de un rato, y decidí que tomaría un taxi para ver si podría alcanzarlos en alguna de las paradas obligatorias y habituales de los autobuses. Afortunadamente ese desembolso no me traería problemas, así que, no reparé en gastos con tal de alcanzar mi objetivo. El taxista aceptó encantado llevarme por la autovía de Madrid hasta encontrar el convoy blanquiazul. Los kilómetros iban pasando, las áreas de servicio también, pero ni rastro de los autobuses. Nada. Finalmente, llegué a Madrid. El taxista me dejó en Barajas y se dispuso a regresar a El Bierzo. Mi esperanza era encontrarme allí con los miles de bercianos, unirme a ellos y volar hasta Melilla todos juntos, como estaba previsto. Pero, el avión, según me informaron, ya había salido, y, de nuevo, me había quedado en tierra. Sin duda había entendido mal el horario, ¡me había equivocado al menos en tres horas! Todos estarían ya tocando tierra melillense, pero yo allí estaba tirada, sin billete de avión, ya que los entregaban durante el viaje en bus, y no quedaban vuelos libres ese día. ¡No podía creer lo que me estaba pasando!

    Me senté en el suelo, con la cara entre las manos, llorando sin poder evitarlo. No podría ayudar al equipo. No vería el partido. Mi tristeza era infinita. El desgarro en el corazón era tan grande, que perdí la noción del tiempo entre lágrimas e hipidos.

    Casi me quedo dormida del dolor. Allí, sentada, con la camiseta y la bufanda, despeinada y hundida, en un momento dado sentí una mano que me acariciaba la cabeza. Alcé el rostro y me vi rodeada por un grupo de personas que me miraba emocionado. Uno de los integrantes del grupo, en cuclillas, me dijo: “¿Qué te pasa? ¿Dónde están los demás?”. Entre hipidos le conté que estaba sola y que no podría llegar a Melilla. “No te preocupes” –añadió Rubén Vega, mientras me ayudaba a levantarme, y el presidente Silvano, asentía con la cabeza.

     Miraba por la angosta ventana del avión en que viajaba el equipo, todavía aturdida, sin poder creérmelo, y yo iba con ellos. Finalmente lo había conseguido, las lágrimas tornaron en sonrisas que aún recuerdo entrañablemente. Aquel día, el ascenso aún me supo mejor, tanto, que un nuevo tatuaje adorna mi brazo derecho como recuerdo de aquella pesadilla con final feliz: ¡el escudo de mi Deportiva, gloriosa y eterna!

FIN

(Ya sé, que en condiciones normales, en caso de retrasarte en los viajes, te llaman por teléfono, vale, pero esto es sólo un cuento ¿eh?)

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