Nosotros los humildes

Por :Amarna

Me pidieron que escribiera algo sobre esta aventura de nuestra querida Deportiva en su cruce de dieciseisavos de final de la Copa del Rey con el Real Madrid. Mi balance es positivo en muchas cosas, más de las que podrían preverse en una primera mirada. Confieso que mi reacción cuando salió la bolita del Real Madrid en el sorteo de octubre, fue de absoluta perplejidad acompañada de un grito ahogado que contuvieron las paredes de mi salón. Esperaba que con la suerte más bien justita que solemos disfrutar, nos tocara un equipo de menor enjundia, ello sin faltarle al respeto al resto de los equipos que restaban por salir.  A continuación, una avalancha de informaciones y rumores inundaron los medios locales durante días y días. Rumores sobre presuntas ampliaciones del Toralín, sobre precios de las entradas, sobre las posibles fechas de celebración de los partidos, sobre las posibles alineaciones de Claudio para los dos choques, rumores sobre el hotel que elegiría el club blanco para su estancia en Ponferrada, rumores que salían de debajo de las piedras y parecían no tener fin. Los días transcurrían despacio, muy despacio, tanto, que los rumores se iban convirtiendo en certezas y todas esas preguntas se iban contestando por sí mismas: las fechas, los lugares de estancia, la medioampliación del estadio, las reformas que se acometieron tan necesarias como la megafonía, los vestuarios o los banquillos. Lástima de videomarcador. Habrá que esperar a otro sorteo venturoso como el vivido en octubre para sugerirlo al Consejo. O esperar a que a algún socio o abonado le toque el euromillón y quiera regalárselo al club.

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Y llegó el primer día de alegría en Ponferrada. El club merengue llegó al aeropuerto de la Virgen y unos cuantos cientos de leoneses esperaban recoger las migajas en forma de autógrafos y fotos de lo que sería el auténtico plato fuerte: Ponferrada y la Rosaleda se llenaron de gente que esperaba a ver a sus ídolos. Se dice que miles de personas esperaban junto al hotel elegido. La acogida fue tal, que desde entonces el sempiterno malhumorado Mourinho parece haber dulcificado su carácter ante el cálido recibimiento que nuestras gentes brindaron a la sorprendida plantilla de un club demasiado acostumbrado a la lisonja y el aplauso. Fotos y firmas compensaron ese día y el siguiente la paciente espera de los blanquiazules que ese día se olvidaron del azul para quedarse sólo con el blanco.

El partido fluyó en un Toralín lleno a reventar, con muchos sectores completamente abarrotados. Mi duda era en ese día cuál sería la reacción del deportivista que tiene como primer equipo al Real Madrid y después a la Deportiva, o viceversa. Dispuesta me sentía a repartir soplamocos en forma de regañina a quienes me agobiaran ese día con cánticos diferentes a los que se solían oír en nuestro campo. Pero, salvo tres adolescentes que cantaron los dos goles que recibimos ese día, el comportamiento de los que me rodeaban, que es de los que puedo hablar, cada uno sabrá si en su sector pasó lo mismo, el comportamiento, decía, fue espectacular. Se cantó, se animó, sonó por dos veces ese “A Ponferrada me voy” que Claudio tras un año aquí aún desconocía, que tras el choque los jugadores decían habérseles puesto la carne de gallina. Y es que eso es lo que somos en esencia, lo que todos los telespectadores y radioyentes del mundo pudieron escuchar en directo desde nuestras gargantas de club humilde “La Virgen de la Encina quién la sacará”. Ese día no hubo dudas, la sacamos nosotros. Y, aunque no ganamos ese partido, nunca me supo mejor una derrota. El equipo jugó bien, mejor que bien, por momentos no se notaba la diferencia de categoría. Media hora aguantamos las embestidas del que se dice mejor equipo del mundo. Borjina, nuestro Borja, regateaba a un tal Marcelo, defensa de la Selección Brasileña de fútbol, a veces con éxito, otras no tanto, pero con la voluntad férrea de hacer vibrar a una grada que veía y ve en este chico una esperanza para nuestro fútbol. Y a fe que, junto a sus compañeros, lo consiguió. El equipo tuvo el balón, lo jugó con valentía y sin encerrarse, sin miedo alguno a la goleada visitante. Ese valor de los chicos nos hizo pensar a muchos que tal vez este año sí haya play off. Si juegan así de motivados no tengo ninguna duda. Volvimos a casa felices por el espectáculo vivido, casi sin saber si más que un recuerdo había sido sólo un sueño. El paso de los días traería aún más escenas surrealistas a nuestros ojos.

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Los cincuenta y tantos autobuses partieron rumbo al Bernabéu un martes laborable y frío.  Miles de bercianos y de otros puntos del país partieron a la capital del reino para presenciar un encuentro único, a pesar de saber que la remontada era un reto casi imposible. Un viaje sin incidentes reseñables que desembocó en el estadio más famoso del mundo. Grande, muy grande, muy iluminado y plagado de tiendas en sus bajos. Una marea humana rodeaba el lugar, y las zonas de taquillas registraban las aglomeraciones más grandes. Nosotros veíamos estas escenas con la nariz pegada al cristal del autocar, un poco como niños sorprendidos, negando con la cabeza, como diciendo “¿Y toda esa gente va a venir a ver a nuestro equipo?”. Pues sí. Todos ellos, miles de personas, tantas casi como habitantes tiene nuestra ciudad.

Y qué pensar del coliseo blanco. Que es una enormidad de hormigón, con más puertas que las que debe tener el propio infierno. Con tantos tramos de escalera mecánica que un centro comercial de pisos, y con una enorme sensación de vértigo cuando nos sentamos en el tercer anfiteatro esquina fondo sur con tribuna. La primera sensación tras la del vértigo, que pasó en un par de minutos, fue la verticalidad de las gradas superiores del estadio. Gracias a ellas la visión era perfecta desde nuestra posición, y, según me contaron blanquiazules que habían visto el partido desde otros lugares, lo mismo. El Bernabéu está diseñado para que nadie se quede sin ver, por muy cerca del cielo que haya comprado su entrada. Otra cosa que nos llamó la atención a todos los presentes fue mirar al techo y ver esos contenedores cuadrados plagados de resistencias encendidas. A los pocos minutos de llegar, ya me sobraba parte de la ropa merced a ese sistema de calefacción, que resultó eficiente para compensar los ocho grados centígrados del ambiente esa noche. El espacio estaba muy aprovechado, los asientos muy juntos y había que hacer auténticos equilibrios para dejar pasar a la gente que iba poblando nuestra fila de asientos. En eso el Toralín es más cómodo, hay espacio entre los asientos, así si te toca alguien fuerte al lado, no te sentirás como una sardina enlatada, que era como me sentía en el veterano estadio madrileño, por sacarle algún defecto, además de que los asientos y las barras delanteras que evitaban que te cayeras al vacío estaban desgastadas y pedían a gritos una manita de pintura. Una manita premonitoria.

Y, como sucediera una semana antes, nuestra Deportiva volvió a escuchar el “A Ponferrada me voy”, si es que pudo, pues el aforo del estadio estaba casi completo y el ruido de tanta gente podía tapar perfectamente nuestros cánticos, así que ignoro si nos oyeron, pero el gesto estuvo ahí. El equipo estuvo tan bien como la semana anterior (aunque a Claudio le diría que no se meten goles sin delanteros), serio, jugando al ataque cuando tenía oportunidad tal y como en Ponferrada nos gusta, y sin mostrar miedo escénico alguno. Aguantamos veinticuatro minutos sin encajar un gol, pero eso no nos amilanó, los gritos conjuntos de “¡Deportiva, Deportiva!” resonaban en un Bernabéu que presentaba banderas bercianas y colores blanquiazules en todos sus sectores. Habría sido mejor estar todos juntos para haber mostrado al mundo nuestro auténtico potencial como afición, y que nuestros cantos hubieran resonado con más fuerza. Es lo que más eché de menos, esa unión que nos ha caracterizado siempre en nuestras salidas para apoyar al equipo. La afición del Real Madrid se mostraba bastante callada, acostumbrada a recibir a equipos de toda condición, silencio que rompían sólo en contadas ocasiones. Cuando encajamos el tercer gol, los nuestros comenzaron a hacer la ola, que se rompía una y otra vez al llegar a tribuna. Entonces me enervé, lo confieso, y les grité a los tribuneros con todo lo que daba mi garganta “¡Sosos, que vais ganando y no lo celebráis, soberbios!”. Y yo no sé si eso les hizo reaccionar o si alguien más les gritó algo parecido, el caso es dque a raíz de eso, la siguiente vez que los nuestros iniciaron la ola, milagrosamente la ola continuó su periplo por toda la tribuna, el fondo sur, la preferencia, y regresó hasta nosotros que la continuamos, así tres vueltas. Al día siguiente me entero por la prensa que en el Bernabéu no se hacía la ola desde que ganaron la novena Champions. Pues los pusimos en pie. Alucinante. Siempre me quedará la duda de si mi grito tuvo algo que ver, pero en mi interior quiero creer que sí. Nosotros los humildes convertimos el estadio blanco en una fiesta. Nosotros que perdíamos tres a cero.

La total entrega de la marea blanquiazul a la Deportiva tuvo una pequeña y a la vez enorme compensación: Nuestro gol. Acorán, al que habría que proponer para ponerle su nombre a una glorieta, dribló a la defensa madridista y en un momento de despiste del anfitrión, marcó un golazo que no olvidaré en mi vida. Hay varios aficiongoles que nunca podré olvidar, el de Fran en Alicante, el de Portilla en Copa que nos dio la victoria en el partido de ida contra el Sevilla, el de Óscar de Paula en aquel memorable derby en que el Reino de León era casi el Toralín, y el no-gol por antonomasia: el penalty que Mackay paró que supuso nuestro segundo ascenso. Pero, sin restarle valor a ninguno de estos momentos, el gol de Acorán quedará como el del honor de nuestro club ante otro que sin duda este año cuenta sus victorias por manitas. Este golazo quedará para la historia de la Sociedad Deportiva Ponferradina como el primero que marcamos al todopoderoso Real Madrid. ¿Y por qué digo el primero? Porque estoy segura de que no será el último. Si sólo hace diez o doce años soñábamos con subir a 2ªB para quedarnos, y en un lustro nos hemos convertido en el gallo mayor del gallinero, ¿por qué no soñar que dentro de otra década seamos el gallo mayor del gallinero de 2ªA? Y ya puestos a soñar, cuando llevemos un tiempo en esa categoría y dado el altísimo nivel de exigencia de nuestra como afición, ¿por qué no creer que asomaremos la patita por 1ª alguna vez? Llegará un tiempo en que jugar en estadios como el Bernabéu formará parte de la rutina. No es un simple deseo, sino una esperanza.

Regresamos cansados pero felices de haber presenciado un evento histórico. El balance de este mes largo desde el sorteo ha sido positivo. Hemos quedado como un equipo que lucha a pesar de las diferencias, cuyo pundonor suple lo que a otros les sobra, que juega al fútbol en todas las circunstancias, que afronta los retos con valentía, y que tiene una afición grande, muy grande, que se moviliza cuando debe y que anima hasta la afonía. Ahora habría que trasladar eso mismo a la rutina de nuestra liga. Si fuésemos capaces, sin duda regresaríamos a la 2ªA al final de esta misma temporada. Y así podríamos comenzar a luchar por volver a jugar en el Bernabéu, sí, pero en liga. Soñar no cuesta nada. Y si no, quién me iba a decir a mí que algún día escribiría sobre un Deportiva-Real Madrid. Sigamos soñando, pues.
Felices fiestas, blanquiazules.

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